mardi 27 juin 2017

ALLENDE CENTENARIO

Las conmemoraciones son fastidiosas cuando desenrollan su mecánica solemne de discursos y elogios; en cambio, cuando restituyen un legado e iluminan así nuestro presente, son no sólo útiles sino necesarias. Es en esta óptica que celebramos hoy el centenario del nacimiento de Salvador Allende.

Allende está delante de nosotros, en el horizonte de nuestras más actuales preocupaciones. Pese a las mutaciones del mundo, somos y seguimos siendo allendistas, es decir, fieles a una promesa política que los años pasados no han hecho más que fortalecer.

Muchísimas plazas, calles y escuelas llevan hoy su nombre y de esto nos alegramos. Pero es de temer que para las generaciones futuras, su acción política no se reduzca sino a los lugares comunes que resumen una época: “socialismo”, “revolución”, “intervención norteamericana”, “golpe de estado”. La celebración del centenario debiera permitirnos recuperar, más allá de este montón de clichés, la singularidad del mensaje de Salvador Allende.

Chile, 1970. Un pequeño país del fin del mundo va a suscitar el interés, la curiosidad y la admiración del mundo entero. A la cabeza de una coalición de fuerzas de izquierda, la Unidad Popular, Allende acaba de acceder al poder para realizar un programa político nunca visto antes: la instauración progresiva de un modelo socialista en el marco democrático. El proyecto es revolucionario, en el más noble sentido del término, es decir, perfectamente nuevo. Es la “vía chilena al socialismo”. Sin armas, sin dictadura, sin sumisión; nada más que las urnas, la conciencia política del pueblo, las leyes.

Las lecciones del estalinismo parecen haber sido aprendidas, la guerrilla descartada como alternativa política; Allende no aparece como un teórico, ni como aventurero, él conoce su país, ha estado en todas las luchas, y tiene detrás suyo viejos partidos con una profunda raigambre popular. Su objetivo es claro y puede resumirse en una palabra: más justicia social. La conmoción será terrible, la oposición feroz, un gran país como Estados unidos sentirá rápidamente crecer la amenaza y tratará de destruirla por todos los medios. Lo que viene después lo sabemos. Allende morirá en el palacio de La Moneda, para hacer entender a las generaciones venideras que entre la democracia que él encarna y el estado de excepción que se instala no puede haber continuidad, sino sólo crimen, impostura e ignominia.

El siglo XX tiene pocos políticos que encarnen un proyecto de futuro; Allende es uno de esos pocos.

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